Ramez Salamé

Ramez Salamé
| Gracias al silencio tuve mi primer contacto con Dios. Tenía veintiún años cuando dos jóvenes me propusieron encontrarnos todas las mañanas para hacer juntos silencio, dimensión de la vida que yo ignoraba: La vida interior. En ese momento Dios, que yo no conocía, me ofreció una cita.
Luego, comencé a pensar en otras personas. Las personas con quienes vivía, a las que veía todos los días y que empezaron a tener un lugar en mi vida. Esto me permitió tener una libertad que no había experimentado antes. Por primera vez, gracias a esta práctica, mi mente comenzó a emerger de un mar de egocentrismo donde estaba inmerso. Dios guiaba mis pasos permitiéndome cumplir con lo que me pedía y haciendo que disfrutara del efecto benefactor de la obediencia.
Luego, este Dios que yo comenzaba a conocer, me reclamaba que le brindara mi vida. Decisión difícil pero muy importante. Cuando tomé esta decisión se hizo imperioso consagrarle un rato de silencio cada mañana, el suficiente para preguntarle a Dios qué necesitaba de mí. Hoy cuando miro hacia atrás, me doy cuenta de que ese rato de silencio matinal, fue el origen de un vuelco decisivo en mi existencia, Dios hablaba y yo obedecía, no sin dudas, lo que hizo que me dirigiera hacia direcciones nuevas insospechadas.
Quisiera, a manera de ejemplo, citar uno de esos momentos que marcaron un viraje importante en mi vida. Era el verano de 1978, la guerra estaba en su punto culminante en mi país (Líbano). Como tantos jóvenes de mi comunidad, estaba comprometido en la defensa del territorio cristiano. Una mañana, en ese momento de recogimiento, luego de la lectura de un pasaje del Evangelio, tomé conciencia de que seguir a Cristo era formar parte de un combate mayor que el combate militar con el que estaba comprometido. Pregunté a Dios ¿a qué combate se refería? Una sencilla respuesta vino a mi pensamiento. Resolví entonces obedecer y lo hice. Esperé algún tiempo y otra idea se impuso durante el silencio: visita a tus amigos musulmanes que la guerra logró separar de tí. Esta idea me exigía que atravesara la línea de demarcación que dividía Beirut en dos partes. Resolví arriesgarme atravesando esa línea de emarcación. En un momento mi mano derecha se paralizó en el pasamanos del ómnibus que me transportaba; sin duda era el miedo que me invadía. Pero continué mi camino convencido de que Dios guiaba mis pasos y de a poco desapareció el efecto de parálisis. Llegué a visitar a mis amigos y a partir de ese momento mi compromiso tomó otra dirección. Pero estos acontecimientos que transforman la vida de un hombre, se pueden contar con los dedos de una mano. Ese tiempo de silencio diario es también muy importante en lo que hace a pequeñas decisiones, pequeñas iniciativas que debemos tomar todos los días. Pude zafar situaciones peligrosas que por el contrario se tornaron en acciones fecundas. De manera que ésta práctica del
silencio, se convirtió para mí en una disciplina de vida que pasó a ser
prioritaria cada día. Una prueba de nuestro amor a Dios y de nuestra
búsqueda de Dios. No quiero decir con esto que sea lo más importante; lo más importante es la FE.
Antes de comenzar la tarea diaria, conviene hacer una pausa bastante larga para que la verdad nos invada y se constituya en nuestra verdadera marca.
El modo más adecuado para el recogimiento es escribiendo. Escribir es un signo que denota la seriedad en nuestra gestión. Impide que nuestra mente divague. Y también nos permite consultar ese escrito durante el día de manera de poder obedecer.
EL ASPECTO MAS SUBLIME DE LA DIGNIDAD HUMANA SE ENCUENTRA EN LA VOCACIÓN DEL HOMBRE DE COMUNICARSE CON DIOS
La importancia del silencio está muy ligada a la voz de Dios.
Carlo Careto la describe muy bien en su libro “Cartas en el desierto”,
cuando dice “La voz de Dios es tan delicada, que es necesario el silencio para escucharla”.
Recientemente un joven sacerdote africano en su plática, en una iglesia de París donde me encontraba, decía que la voz de Cristo se hace entender en el corazón “dulce y tímido” del creyente. ¿No es necesario familiarizarnos todos los días con el silencio de manera de poder escuchar esta voz “suave” y “tímida”?
Gracias al silencio podemos enfrentarnos con la realidad de nuestro ser, con la verdad actual de nuestra vida. Pero queda una faceta que deseo evocar y es nuestra relación con el miedo. Con frecuencia es el miedo el que determina nuestras vidas. ¿Acaso no se encuentra en la base de grandes vicios como la avaricia, el odio o simplemente la cobardía? Un amigo Libanés, muy fiel con el momento del silencio cotidiano, siempre nos dice: “el silencio sirve para evitar que el miedo maneje nuestra existencia”. Este amigo hacía alusión a dos aspectos de su vida: el primero a la falta de recursos para mantener su familia; el segundo a la total inseguridad que con frecuencia ha prevalecido durante largos años de guerra en su país.
Frank Buchman, el iniciador del REARME MORAL, dijo: “Un momento de silencio hecho sin apuro cada mañana es la base indispensable para construir un mundo nuevo”. He ahí el objetivo y la función del silencio: habilitarnos para contribuir a edificar un mundo nuevo según los designios de Dios. Existe en todas partes la necesidad imperiosa de estrechar nuevos lazos entre hombres y pueblos: lazos de respeto, de solidaridad, de verdad, de amor.
¿Cómo puede lograrse? Permitiendo al Señor “construir la casa”, dice el salmo. A través del tiempo que le dedicaremos cada día, Dios podrá llegar a nuestros corazones. El nos hablará. Y obedeciendo con fe y sumisión: El actuará. ¿Estaremos nosotros entre aquellos que ofrecen su vida en un mundo con mucho dolor, extraviado y desesperado? Esto no depende tanto de acciones brillantes sino de una disposición interior firme: en principio la apertura a Dios, luego a los demás y el coraje de obedecer.
Ramez Salamé
Texto presentado en Caux
En el marco de la sesión
“VIDA, FE y PARTICIPACION”
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