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"Mi experiencia no define quién soy sino mi vocación"
Jueves, Diciembre 1, 2016

Portia MosiaCuando empecé a crecer deseaba ser capaz de hacer la diferencia y ser una líder. En la escuela primaria siempre me interesaba saber si los demás habían almorzado y si no, yo compartía mi comida con ellos. Durante la secundaria fui elegida presidente del Consejo de Representantes de la Escuela, un papel muy activo que me motivó a hacer lo correcto en cada situación.

Fui criada por padres que me hablaban de Dios como el centro de todo, eso desarrolló en mí un profundo amor por Dios y un hambre por conocerlo. Todo eso formó mi vida y mis creencias. Creía que Dios era amor y él me protegería en todo momento.

Mi creencia fue sacudida cuando fui víctima de un terrible acto en 2002. El gerente donde trabajaba me había pedido me quedara trabajando horas extra para una reservación en el restaurante. Al final de mi turno volví a casa en tren. Me bajé del tren y mientras caminaba alguien tocó mi hombro y me emocioné que alguien caminara conmigo.

Nunca imaginé que ese sería el inicio de mi pesadilla. De repente me vendaron lo ojos con un paño y una cinta adhesiva. Caí al suelo mientras trataba de luchar, pero me arrastraron hasta un coche y me llevaron con ellos. Llegamos a un lugar donde me arrojaron al suelo y quedé muy confundida y asustada.

Todo lo que podía oír eran susurros. En ese momento empecé a pelear con Dios. Comencé a cuestionarlo:

¿Es esto el reflejo de tu amor por mí?

¿Dónde está tu protección?

¿Por qué permitiste que esto me sucediera cuando acababa de tomar la decisión de servirte más y esperar al hombre adecuado para casarme?

En medio de mi pelea con Dios, recordé una cita de la Biblia de Romanos 8:28. Esta dice: "Y todos sabemos que en todas las cosas Dios obra para bien de todos los que le aman, que han sido llamados según su propósito". Lo único que podía hacer después de recordar ese versículo era orar a Dios para que salvara mi vida.

La pesadilla continuó, me desnudaron y fui brutalmente golpeada y violada. Recuerdo que cuando me golpeaban lloré tanto hasta sentirme tan entumecida que ya no podía llorar.

Cuando todo terminó a la mañana siguiente, me llevaron de regreso a donde me encontraron y me dejaron allí indefensa. A través de esta experiencia:

  • Perdí mi confianza como mujer.
  • Perdí la fe en Dios.
  • Perdí mi trabajo como asistente de gerencia.
  • Pasé tres meses en el hospital para sanar de la paliza que me dieron, y también de las heridas en los ojos causadas por los lentes de contacto que re rompieron cuando me vendaron los ojos.
  • Me deprimí y me aislé.

Así fue hasta que conocí, a través de IdeC, el programa de Creadoras de Círculos de Paz en 2007, durante el cual exploramos sobre el poder del perdón. Compartí mi historia con gente que no conocía. Por primera vez me sentí como que me habían quitado un gran peso de los hombros. A partir de ese día me di cuenta que tenía que perdonarme y perdonar a mis agresores, no para disculpar lo que habían hecho, sino para liberarme de la prisión en que estaba. Eso me dio un aliento fresco para empezar de nuevo y reparar mi vida.

Meses después, con el apoyo de mi familia y amigos, me di cuenta que tenía mucho que dar al mundo. En 2009 empecé a sentir la convicción de ser la voz de otras mujeres que podrían haber pasado por la misma experiencia que la mía o cualquier experiencia que necesitara sanación. Sentí que Dios necesitaba prepararme para ese llamado para poder ser capaz de entender y conectarme con el otro sin juicios ni reservas.

Con esta experiencia, Dios, a través de Creadoras de Paz, me dio una oportunidad en papeles de liderazgo como facilitadora, capacitadora, mentora y coordinadora internacional, y directora de programas de IofC en Sudáfrica. Las mujeres a las que hemos llegado son en su mayoría desafiadas por violaciones, violencia doméstica, baja autoestima y la falta de perdón. El don de mi experiencia, dentro del Círculo de Creadoras de Paz, ayuda a las mujeres a tener un cambio de corazón y a inspirarse para comenzar su propio viaje de sanación.

Me siento feliz de poder decirles que ya no me veo como una víctima, sino como una vencedora. Hoy sé que soy hermosa a pesar de mi experiencia, porque mi experiencia no define quién soy sino mi vocación. El verdadero liderazgo llega cuando somos capaces de hacer elecciones positivas en medio de nuestro dolor. A veces cuando pasamos por el dolor nos preguntamos "¿por qué yo?" La verdad es, si no yo entonces quién. Nadie merece dolor, pero permanecer en el dolor nos roba el potencial que somos capaces de desatar.