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REFLECTIONS
EL VERDADERO SENTIDO DE LA PALABRA SACRIFICIO
02 Mayo 2006
No se trata de renunciar, se trata de convertir tu vida en algo SAGRADO.
Por CHRIS LANCASTER
LA PALABRA SACRIFICIO es usada de muchas maneras. Comúnmente se toma como “renunciar” a nuestro tiempo, a nuestro dinero o incluso a nuestras vidas, como lo hacen los mártires por una religión o causa.
Las personas de fe piensan que sacrificio significa la entrega de la propia vida para servir los propósitos
de Dios. Para algunos ha sido dejar de lado los planes anhelados como el estudio y la carrera. Para otros ha significado años lejos de su patria, de su familia y de los amigos. Para muchos ha representado vivir con poca seguridad económica.
¿De qué otra forma se podría entender la idea de sacrificio? En latín esta palabra significa ‘santificar algo o hacerlo sagrado '. Esto cambia la perspectiva totalmente. Nos damos cuenta de que el llamado no es tanto a renunciar a lo que más deseamos, sino más bien a ‘santificarlo, a hacerlo sagrado, a transformarlo’. Así, sacrificar nuestro tiempo, significaría usarlo para un propósito más alto en lugar de malgastarlo en cosas menos valiosas. Sacrificar nuestro dinero podría significar, compartirlo. Y estaríamos sacrificando nuestras vidas al ponerlas al servicio de los demás.
El llamado no es a rechazar nuestra personalidad o a cambiar nuestra más profunda esencia, ni a consagrar nuestro tiempo y nuestra energía a una causa supuestamente más meritoria. Más bien, nuestro llamado es a santificar nuestra más profunda esencia, abrazándola y viviéndola para el bien del mundo que nos rodea. Si se trata de un político, sacrificará su posición trabajando para producir un buen fruto para la sociedad. Si es un maestro, sacrificará su trabajo reafirmando la vida y la dignidad de cada niño. Si es un artista, sacrificará su arte para tocar la verdad más profunda de lo que es el ser humano.
Cuando la noción de lo que quiere decir renunciar a algo cambia para nosotros, podemos ser libres para comprender que, en primer lugar, nada; ni nuestro tiempo, ni nuestros recursos, ni nuestra propia vida, nos pertenecieron alguna vez. Lo único que realmente nos pertenece y a lo que sí podemos y debemos renunciar es a aquello que nos impide santificar fielmente todo lo que somos. Como son nuestros temores, nuestros deseos, nuestros prejuicios y nuestras inseguridades a causa de nuestro egocentrismo. Esta es nuestra oportunidad para vivir la libertad para la que fuimos creados.
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