¿Una vida disciplinada?

¿Una vida disciplinada?

Martes, 21. Mayo 2013

Laura and Peter BoobbyerUn amigo me dijo una vez: "No hay nada más hermoso que una vida disciplinada". He estado recordando sus palabras este año porque, una vez más, mi resolución de año nuevo fue comprometerme de nuevo con un momento de silencio cada mañana.

No es que yo no crea en los momentos de silencio, claro que lo hago. Es solo que siempre he tenido dificultades para levantarme de la cama. ¿Quizá tú tienes el mismo problema? Mi dedicación a los momentos de silencio, desde que Iniciativas de Cambio cambió mi vida hace 20 años, ha tenido muchos altos y bajos.

Por supuesto, un momento de silencio no necesariamente debe ser en la mañana, cada uno debe encontrar el momento y ritmo adecuados. Pero en esta etapa de mi vida, he llegado a una conclusión: Si no tengo mi momento de silencio en la mañana, es probable que no ocurra nada en lo absoluto. Si tengo tiempo libre durante el día, estoy dispuesta a disminuir mi lista de cosas por hacer y dada la opción, probablemente limpiaría baños. Si espero hasta la noche, por lo general estoy realmente exhausta. Anoche me fui a la cama a las 8:00 p.m. Mi hijo de seis años estaba saltando por los muros y paredes pero pensé: no me importa, me voy a dormir.

Recientemente varias ideas me han ayudado:

  • Me di cuenta que Dios sabe lo difícil que es para mí. Eso me hizo sentirme comprendida.
  • Las palabras de Jesús han tenido un efecto transformador: "Venid a mí todos los que estéis trabajados y cargados, y yo os haré descansar" (Mateo 11:28). Entonces un momento de silencio es en realidad un momento de descanso y relajamiento para mí. Ahora, cuando la alarma suena a las 6:10 a.m. y yo estoy reacia a levantarme, me digo a mí misma: Me estoy levantando, para descansar, sabiendo que hay alguien más que me cuida y se preocupa por mis asuntos.
  • Haciendo tiempo para un momento de silencio y tranquilidad, en realidad estoy haciendo tiempo para mí. Y me encanta el tiempo.

 

Hace años, otro amigo compartió una frase conmigo cuando yo me sentía muy decaída. "La vida humana tiene sus ciclos y estaciones; ningún caos personal es permanente. Al igual que la vida humana, el invierno da paso a la primavera y ésta al verano. Aunque a veces las ramas de los árboles nos parezcan secas y la tierra helada, esa primavera y ese verano, como siempre, volverán" (Truman Capote)

Me gusta esta línea "Ningún caos personal es permanente". Entonces me sentí como si emergiera de un período de caos personal y; el verano, en efecto, estuviera a la vista.

Justo hace un año mi hijo Peter fue diagnosticado con Trastorno del Espectro Autista. Esto puso mi mundo al revés. En parte, fue un gran alivio darme cuenta que él no era solo un niño mimado y yo una madre inútil que no pudiera disciplinarlo. Por otro lado, esto fue un shock terrible para mí.

En consultas con un pediatra y un psicólogo, pensamos que podríamos entrar en un proceso de observación durante seis meses. Los especialistas concluyeron, luego de una hora y 40 minutos, que efectivamente mi hijo tenía Trastorno del Espectro Autista, destacando sus limitadas habilidades para comunicarse. Me sentí completamente devastada.

Entonces hice lo que muchos, fui a Google y llegué a la página de la Sociedad Nacional Autista. Di clic sobre "¿Qué es autismo?" solo para leer: "El autismo es una inhabilidad de desarrollo para toda la vida, no existe cura. Los niños con autismo se convierten en adultos con autismo".

Mi salvación en esas 48 horas fue un e-mail de alguien de la iglesia que apenas conocía y que tienes dos hijos con autismo. En su largo, cálido y alentador mensaje ella escribió: "Mantente cerca de tu padre celestial. Él todo lo sabe. Él hizo a Peter". Ahora siento como un imperativo tener momentos de silencio. Necesito acudir al fabricante de mi hijo para que me dé instrucciones, inspiración y revelación.

Por último, estoy agradecida de conocer un mundo sobre el que no sabía absolutamente nada. Aparentemente, una de cada 100 personas es autista, quizá más, y ellos ven el mundo de una forma diferente a las personas neurotípicas.

El año pasado, mi esposo y yo asistimos a un curso para padres de niños con autismo elevado. Me quedé sorprendida en la última sesión, cuando la conclusión apareció en una diapositiva de Power Point: "No trates de cambiar a tu hijo, cámbiate a ti mismo".

Ahora estamos modificando nuestro comportamiento hacia Peter. Para dar un ejemplo (que a menudo son pequeños cambios irrelevantes para el ojo poco entrenado) le contamos sobre las cosas antes que éstas sucedan, como por ejemplo si tendremos alguna visita en casa. También tratamos de evitar cosas que puedan causar ansiedad o confusión en él.

Me he dado cuenta también que necesito la disciplina de la gratitud en mi vida. Mi corazón se hunde, al menos una vez al día, y lamento profundamente la presencia del autismo en nuestra familia. Sin embargo, a lo largo de las dificultades se encuentra el progreso, solo si tengo ojos para ver. Ahora Peter puede vestirse solo y, generalmente, va alegremente a la escuela. Algunas veces él sostiene mi mano y yo necesito recordarme de decir: ¡Gracias Jesús!

En realidad, el diagnóstico sobre Peter fue un regalo porque me devolvió a mi hijo. Yo siempre lo he amado, pero algunas veces era muy difícil entenderlo y ahora sé por qué.

Siendo así pues, y por poco importante que pueda llegar a sonar en un mundo que da tanta importancia al hecho de tener una carrera y ser un profesional, yo creo que mi llamado es ayudar y cuidar a las personas. Porque eso es lo que las personas han hecho por mí, escucharme, alentarme, retarme, orar por mí, creer en mí. Y aunque ya no es práctico que trabaje tiempo completo con Iniciativas de Cambio, como solía hacerlo, creo que mi vocación ha evolucionado de una forma muy natural en Canterbury, en gran parte a través de mi iglesia.

Ayudo a dirigir un grupo de niños pequeños más 30 familias que vienen cada semana. También hago parte de un grupo llamado El Club del Desayuno el cual atrae diversas personas: adultos mayores, solitarios, deprimidos, desempleados, entre otros. Otro equipo del que hago parte se encarga de preparar comida para personas que acaban de tener bebés o que acaban de salir del hospital. Mi vida está copada y no he estado buscando compromisos adicionales.

Antes de navidad me di cuenta de la existencia de otra necesidad. Un domingo al mes ayudo en la guardería; y entonces me percaté que otra mujer, una profesora de tiempo completo, lideraba esta labor dos veces al mes. Cuando yo le pregunté el por qué, ella simplemente me dijo que no había nadie más para hacerlo. Entonces yo dije que pensaría en la posibilidad de asumir esta labor, pero todo en mí se resistía. Finalmente acepté apretando los dientes; pero en el fondo, yo sabía que iba a ser muy bueno para mí verme obligada a leer la biblia.

El tema de mi segunda sesión fue La Última Cena y aunque me tomó tres horas preparar una presentación de solo diez minutos, me sentí tranquila. El domingo llegó. Enseñar a un grupo de niños de diez, cuatro y dos años es algo parecido a criar gatos, pero incluso cuando el pequeño Daniel se sentó sobre un plato de uvas que perturbo a la pequeña Evelyn, la historia no se descarriló y logré llegar al final. Sin embargo, después me sentí un poco vacía. ¡Toda esa preparación tan solo para diez minutos! Yo no podía dejar de preguntarme cuánto trabajo doméstico habría hecho en esas tres horas.

Al regresar a casa, mi esposo me preguntó cómo me había ido. Yo le expliqué que tenía un conejo que decía a los pequeños: "Me gusta comer zanahorias. ¿Qué les gusta comer a ustedes?" De repente, mi hijo (un gran fan de Peter el Conejo) dijo: ¿Qué conejo? Y se sentó sobre mis rodillas y escuchó toda la historia. Eso significó mucho para mí porque es difícil interesarlo en algún libro, aún en la Biblia.

En la economía de Dios, no sabemos cómo se utilizará nuestro sacrificio de tiempo, dinero o talento; pero en palabras de T.S. Eliot, "Para nosotros, solo está el intento. El resto no es asunto nuestro".

Traducido al español por Luis Felipe Zapata Gómez